
Estuve toda la tarde buscando departamento. Quiero vivir cerca al mar. Lo irónico de todo es que me gusta el mar tan solo de noche, sólo cuando hay frío. Eso me hace acordar que cuando era menor tenía una novia que vivía a penas a metros del malecón. Los dos éramos muy jóvenes. Teníamos esa edad precisa en el que mundo no te da tanto miedo porque no lo conoces del todo. No es que hayamos pasado muchos momentos juntos, pero era entretenido dedicarnos a vivir con ese éxtasis. Quizá porque sabíamos que faltaba mucho para morirnos y pensábamos que faltaba aún mucho más para que todo lo de nosotros acabase.
Acabó igual, como todo, incluso como muchas otras cosas que no vienen al caso. Es como esos días en los que pueden ser las seis de la tarde y sabes que el día ya acabó sin remedio y que no volverá a empezar otro hasta que despiertes por la mañana.
Hace algunos días una chica y yo escuchábamos jazz en medio de la noche. Tumbados sobre su cama veíamos el humo de los cigarrillos ascender hasta el techo. Fue entonces, quizá una de las primeras veces, en las que la noche no lo estropeó todo. Porque no era el inicio ni el final de nada. Era solo una idea muy abstracta del tiempo flotando sencillamente sobre los dos.







