martes 17 de noviembre de 2009

Divagando


Pienso en que las cosas pueden caer de la luna al suelo con una naturalidad alarmante. Cuando llega la noche suele estropearse todo. Y el porqué de eso no termina por quedarme claro.
Estuve toda la tarde buscando departamento. Quiero vivir cerca al mar. Lo irónico de todo es que me gusta el mar tan solo de noche, sólo cuando hay frío. Eso me hace acordar que cuando era menor tenía una novia que vivía a penas a metros del malecón. Los dos éramos muy jóvenes. Teníamos esa edad precisa en el que mundo no te da tanto miedo porque no lo conoces del todo. No es que hayamos pasado muchos momentos juntos, pero era entretenido dedicarnos a vivir con ese éxtasis. Quizá porque sabíamos que faltaba mucho para morirnos y pensábamos que faltaba aún mucho más para que todo lo de nosotros acabase.
Acabó igual, como todo, incluso como muchas otras cosas que no vienen al caso. Es como esos días en los que pueden ser las seis de la tarde y sabes que el día ya acabó sin remedio y que no volverá a empezar otro hasta que despiertes por la mañana.
Hace algunos días una chica y yo escuchábamos jazz en medio de la noche. Tumbados sobre su cama veíamos el humo de los cigarrillos ascender hasta el techo. Fue entonces, quizá una de las primeras veces, en las que la noche no lo estropeó todo. Porque no era el inicio ni el final de nada. Era solo una idea muy abstracta del tiempo flotando sencillamente sobre los dos.

sábado 14 de noviembre de 2009

Éxitos repentinos

Foto: Web

Hace un par de meses estuvo por Lima el bestseller argentino Patricio Sturlese. Nos reunimos a conversar en Miraflores y me contó a cerca de cómo su vida cambió rotundamente tras escribir su primera novela, El inquisidor. “Antes barría hojas, ahora las firmo”, comenta divertidísimo recordando su antiguo oficio como jardinero.
Hoy por hoy, tiene el privilegio de dedicarse únicamente a la literatura, y viene presentando por Latinoamérica su segunda novela, La sexta vía, editada por Debolsillo. Las dos forman parte de lo que algún sector de la crítica denomina como sacro-thriller, una suerte de novela negra con debates religiosos, satanismo y la nunca infaltable batalla entre católicos y herejes.
Después de más de un mes recién cojo el libro que me dejó Patricio. No es uno de mis temas preferidos pero la lectura anda bien. Su libro, sin embargo, no es lo que más me interesa. Es, en realidad, el éxito repentino de su carrera.
Me gusta imaginarme a mí en esa situación. A mí saliendo de la redacción, embargado por éxtasis del éxito, huyendo de la inmediatez del periodismo diario, de ese oficio que me ha otorgado el destino sin preguntármelo y al margen de cualquier vocación que yo pueda tener. Me imagino la idea de poder dedicarme en adelante, como ahora lo hace Patricio, únicamente a escribir.

domingo 8 de noviembre de 2009

La música por dentro


Después algo ocurrió. Algo que no puedo explicar del todo hasta ahora. La cosa es que yo estaba otra vez parado al borde de la pista con esa sonrisa inexpresiva, con ese vacío absurdo que ella seguro también sentía mientras su autobús, con ella dentro, se iba perdiendo entre las luces y los carros a lo lejos.
Quizá asumí su ausencia como definitiva y el vacío empezó a crecer y no hice nada para detener su expansión. No seguí lo que sea que se tiene que seguir cuando se persigue algo.
Acabábamos de levantarnos juntos y la circunstancia nos había unido de una forma tan natural como lo había hecho desde un principio varios meses atrás. Precisamente ahí parado, cada vez más lejos de la vereda y más cerca al medio de la pista, algo fue lo que pasó y esa sensación tan poco parecida a las demás sensaciones del mundo empezó a esfumarse.
Después ya no habría risas al otro lado del teléfono. Sonaría un sollozo extraño, nada más. Una voz que no era la de ella; una de esas voces sin identidad, como la de los comerciales de televisión o la de los presentadores de radio.
He vagabundeado ya algunas horas y siento que puedo escuchar en mi cabeza todas y cada una de las notas del Kind of Blue de Miles Davis. Las tengo dentro, por supuesto, y quiero tararearlas. Tararearlas con toda la fuerza del mundo para que salgan junto a los vidrios que llevo dentro. Las notas extirparían los vacíos, mi vacío y el de ella.
Sin embargo, si hay algo realmente imposible es tener acceso a sí mismo. Y es por eso que por más grande que sea mi esperanza, por inconmensurable que sea mi anhelo, la música seguirá por dentro y ella seguirá en ese autobús que avanza por siempre en una dirección contraria a la que yo camino.

Sumergidos en Lima


El centro cultural de España ha sido invadido por la libertad del arte urbano. Desde el jueves de esta semana, bajo la curaduría de Jules Bay (Julissa Bay), se viene exhibiendo la muestra La Cuadrada. El trabajo está a cargo de El grupo plástico, colectivo español conformado por Núria Mora, Nano4814, Sixe y Eltono, cuatro fuertes referentes del arte contemporáneo.
El concepto de la exposición analiza Lima de una forma distanciada. Recoge todas la cotidianidades que los limeños solemos pasar por alto. El colectivo se ha sumergido en los orígenes de la cultura chicha, en la vocación del “recurseo”, la destreza de la criollada, el achoramiento ilustrado, la costumbre popular y distintas actitudes sociales que envuelven el panorama de la capital.
La muestra está compuesta por distintas instalaciones, series fotográficas y video, trabajados en base a una influencia pura del arte urbano. Los artistas han realizado puntos de vista muy diferentes entre ellos y han tomado la ciudad de Lima como único punto de encuentro.

jueves 5 de noviembre de 2009

Sólo quedar consuelo




Hay un grupo de rap en español que se llama Violadores del Verso. Es, a ciencia cierta, lo mejor que se puede encontrar del género. El año pasado tomaba con un amigo en una esquina de Surquillo y entre trago y trago planeamos un viaje ficticio a Chile para verlos en concierto. Llegada la mañana, con la resaca a cuestas, la idea se esfumó.
Hoy volví a su discografía después de tiempo. Han ido algunas veces a Brasil y a Chile, entre otros país de Sudamérica. Jamás han llegado hasta Perú, por supuesto. Tampoco tengo muchas esperanzas en que lo hagan. Pronto viajaré a España y quizá pueda verlos. Para que imaginen más o menos en qué locura me veré inmerso les dejo este video.



video

martes 3 de noviembre de 2009

Partidas de ajedrez

Foto: Web

Cuando era niño jugaba ajedrez con el abuelo uno o dos días por semana. Jamás pude ganarle legítimamente. Se dejaba ganar de vez en cuando y, aunque eso me hacía feliz, siempre supe que no estaba acumulando una victoria real. Ahora ya no jugamos. Es más, desde que me decidí por esta vida que llevo no nos queda siquiera mucho de qué hablar.
No coincidimos en nada: él siempre sacando la cara por esa derecha cabrona e ingrata. Mis latidos, por otro lado, siempre los he sentido más a la izquierda del pecho. Él católico febril, yo diplomáticamente agnóstico; él un hombre de números, yo un remedo de escritor; yo rebelde, él conservador;… siempre cada uno persiguiendo una revolución diferente.
Por si fuera poco, con el tiempo se ha hecho cada vez más evidente que no voy a graduarme de nada. Este ciclo acaba mi quinto intento por estudiar. Es decir, esta es la quinta universidad por la que paso y la última. Sé que no necesito ningún título y eso probablemente es lo que le decepciona más. Y no sólo a él en realidad.
Es extraño haber desesperanzado a todos sin haber fracasado del todo todavía. Y quien sabe de ajedrez puede entender que si al rey le quedan aún casillas libres no ha terminado la partida. No me nieguen, por eso, mi porcentaje de grandeza, porque sigo siendo como soy aunque cada vez tenga menos espacio.
Por ahora no importa ser la única ficha en el tablero y no tener idea de adónde fueron a parar tu fortaleza y tus soldados. Aún peor, no saber a ciencia cierta, si alguna vez los tuviste realmente. Da igual por ahora. El abuelo y yo, y eso fue un acierto, nunca jugábamos midiendo el tiempo. Las partidas podían durar para siempre, toda la vida. Y si se aburría, porque yo no lo hacía nunca, me dejaba ganar.

miércoles 28 de octubre de 2009

Rumbos inciertos

Foto: Web

Hace a penas un par de años estuve en Buenos Aires. Por esas fechas leía muchos libros sobre escritores que viajaban a Europa para dedicarse de lleno a lo suyo. A mí solo me alcanzó para llegar hasta Argentina y no fue del todo un desastre. Fracasé, es verdad. Viví algunos días como un vagabundo, dormí en una que otra avenida principal y escribí a penas apuntes a la volada en un cuaderno que se perdió en el camino de regreso.
No hay en Buenos Aires un solo lugar donde la vida no sude de placer, pero si piensas demasiado las cosas te puedes perder de mucho. Imaginé mi momento y lo viví sin reflexiones. Por primera vez conocí lo que es la bohemia: librerías que no cerraban nunca, cafés de los que nunca te botaban, bares que abrían día y noche sin tregua, mujeres que te cambiaban la vida sin aviso.
Nada de esto se entiende mientras se divisa de un plano aéreo, pero mientras estás dentro del sistema puedes formar parte del andamio que sostiene la lucidez de la literatura y la histeria de los excesos y encontrar en ello una paz al menos momentánea.
Si no me volví escritor en Buenos Aires es porque ya lo era. Volví a Lima derrotado, pero reconocido. Me encerré tres meses a nada más que escribir y ese verano empecé mi primera novela y tuvo la literatura por fin un sentido real en mi vida.
Cuando tuve que entrar a la universidad y empezar a trabajar, esa fuerza creadora empezó a disminuir y poco a poco a desaparecer. Estoy ahora en un momento muy ligero de mi vida. De leer tres libros a la semana he pasado a leer uno o dos al mes, no veo muchas películas, cada día escucho menos música, ya no voy a recitales en bares del centro y escribo realmente poco.
Se me está metiendo nuevamente la idea de dejarlo todo. De partir sin rumbo alguno. Esta vez quisiera que fuese mucho más lejos. No estoy seguro de qué podría conseguir. Solo lo imagino y ya siento el suelo antiguo, el pasado y las montañas correr detrás de mí; ya diviso el color y el ruido de otra ciudad, el destino y su curso inmutable en el frente.

lunes 26 de octubre de 2009

Detrás del Nobel


Hace unas semanas se dio a conocer a la escritora alemana Herta Müller como ganadora del Premio Nobel de Literatura de este año. La decisión, a pesar de que el premio va otra vez para Europa, ha provocado menos polémica que en ediciones anteriores.
Con motivo del triunfo de Müller y porque evidentemente no tengo otra cosa que hacer, me he tomado la molestia de investigar sobre algunas anécdotas curiosas que nunca faltan detrás de este reconocimiento. Aunque nadie sabe a ciencia cierta la verdad sobre algunas de ellas, les dejo tres de las más comentadas.



Borges y Neruda, protagonizaron juntos, sin quererlo, una de ellas. En 1971, a Neruda le avisaron, por un mensaje confidencial de la Academia Sueca, que había obtenido el Premio Nobel. Ese día el poeta ofreció una cena en su casa de París sin dar razón alguna a sus invitados sobre lo que se celebraba. Contó más adelante que aún no creía del todo la noticia, por lo que había preferido no comentar nada. Por su parte, el día del anuncio, Borges, desinformado por alguien, estaba convencido de que aquél era su año. Ese día fue al trabajo enternado, buenmozo, brillante, tristemente vestido para la ocasión. Al mediodía se dio el comunicado: ganó Neruda.

El japonés Kenzaburo Oé tuvo una decepción diferente a la de Borges pero intensa también. En 1994 contestó a una llamada de la Academia Sueca. Saltó y gritó por toda la casa al enterarse la noticia: acababa de ganar el Premio Nobel. Cuenta el chisme que su esposa y su hijo lo ignoraron absolutamente. Cada uno en sus cosas: el niño entretenido con un camioncito de juguete y la mujer en los quehaceres de la casa. El pobre hombre acabó encerrado en su cuarto brindando a solas por el reconocimiento.

García Márquez protagonizó una anécdota menos personal. Simplemente se negó a ir a la entrega del premio en frac (traje obligatorio para la ceremonia), alegando que si a los escritores de la India les permitían ir en su traje tradicional, él podía también ir con el traje tradicional del Caribe: la Guayabera.



Las anteriores son solo algunas de las historias detrás del premio. Hay muchas otras anécdotas. Músicos, que sin alguna posibilidad de ganar, son eternamente postulados al Nobel (como Bob Dylan), escritores supuestamente discriminados por sus posiciones políticas, rumores en torno el misterio de las nominaciones secretas y a las apuestas en torno a los resultados, entre otros detalles que, por ahora, conocen solo sus involucrados más inmediatos.